DESDE ESTA BANDA DEL RÍO…


Desde esta banda del Río…


Amarteladitos, salimos con el sol de mediodía de invierno,
a pasear por los muelles de estribor.
El amor invadía cualquier tipo de duda y desde muy lejos,
se nos veía venir con nuestros cantos de enamorados.
Ella, ceñía mi cintura mientras mi poderoso brazo,
rodeaba su cuello dócilmente, y la otra mano la dejaba deslizar
sobre los quitamiedos del muelle.

Salí a andar, no valla a ser que me coja la
 lluvia de la tarde...A nuestro paso, como centinelas del río,
las altas cañas de los pescadores en tierra, descansan sobre
la rivereña baranda. Estoicamente, como norayes vivientes,
esperan esos viejos lobos de mar en tierra,que al reclamo del
“engüae” y las “carnás”  piquen, la Mojarra, las Dorada, y el Sargo
que vienen a comer con las lisas entre las algas y el verdín
de las piedras de los muelles o, el rey de estas aguas, el cotizado Róbalo,
que entra en el río, buscando sus cálidas aguas, para deshovar .
La mayor de las veces, las capachas van vacías pero; los ánimos de los pescadores repletos de la ilusión y la paz, que ofrece este modo de
pesca deportiva en el que, el valor más cotizado es la
paciencia y la meditación


Verdean las aguas como enamoradas del verde y anchuroso mar inmediato a mi río azul. Estos días de tormenta han revuelto las milenarias entrañas de mi Guadalete y vadeando campiñas y orillas de juncos y cañaverales, llegan a morir sus siempre plateadas aguas, a los mares del Puerto, exhaustos y teñidos por la sangre verde,de nuestro campo andaluz...

A poco de salir,
la humedad caía a plomo sobre el ya remojado asfalto
y hasta la arena del aculadero, tan asentada, parecía más bien,
el peinado de un capillita el Jueves Santo todo engominado, 
que los volaeros y rubios granos de arena, 
a los que nos tiene acostumbrado nuestra playa.
Nos acercamos a la orilla, escuchamos el rumor del mar, 
de nuevo manso y espumoso y henchidos por su aroma único, 
que nos trae remotos recuerdos de ultramar, 
de transoceánicas tierras lejanas allende los mares …

Llegando a la altura del Club Náutico, los trinquetes de los veleros
amarrados en sus  pantalanes, comenzaron a sonar, a batirse contra
sus aparejos y cordelajes, como si fueran endiabladas campanas,
 anunciadoras de un frio viento del sur, 
que se colaba a lo largo del paseo.
 Los fríos goterones no se hicieron de rogar  y el esplendido mediodía
quedo cubierto por un manto de negros nubarrones.

“Corre chiquilla”; le dije a mi novia,
 y cogidos de la mano, llegamos a su casa
 mucho antes que la lluvia la mojara,
y que su papá le riñera, por no estar allí.

Una amplia sonrisa y un diminuto
beso en la mejilla sirvieron de adiós… después;
parecía saltarse los escalones de tres en tres.
para subir las escaleras de aquella vieja casona
donde vivía, cerca del Castillo…

De lejos, miré el cierro de la casona, del que se descorría
con sutileza, el visillo por el lateral,  para agitarme dulcemente   
un blanco pañuelo de despedida…   








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